lunes 10 de diciembre de 2007

Entrada #8: Bámbola

RESUMEN DE LO ANTERIOR: Max, que acaba de regresar de latinoamérica, está enfermo. Mucho estrés y corre el riesgo de morir. Durante el tiempo que estuvo fuera, el IDASI tuvo conocimiento de un cargamento de armas que llegó al país, aunque se desconoce su destinatario. Jaume acude a una fiesta junto con su esposa Marga, con DK en calidad de guardaespaldas. En esa fiesta, un hombre mata a un conocido de Jaume, cuya reacción ante los rumores que este comenzó a esparcir fue un tanto sospechosa. El hombre es capturado y, en el IDASI, descubren que el arma que utilizó pertenece al cargamento. Al día siguiente, Max, DK y Dante irán a interrogarle.


Cuando a Bámbola le ofrecieron trabajar en el IDASI, se desnudaba todas las noches en un local de alterne. Era lo único que había encontrado cuando el circo cerró. Mostraba todo su cuerpo entre exhibiciones acrobáticas dignas de mejor causa. Lo único que no mostraba era su cara, oculta tras una máscara de plástico pintada para que asemejara ser de porcelana. Era más práctica que la de verdadera porcelana que había comenzado a usar en el circo, que cada vez que se caía en mitad de un número se hacia migajas. Más que un gasto, aquello la deprimía: veía en los trozos su cara rota en mil pedazos.


Cuando el Dr. Alonso le ofreció entrar al IDASI, tan sólo le hizo la misma petición que había hecho tantas veces antes en otros trabajos: no quitarse nunca la máscara. Mientras en otros lugares la habían rechazado de plano, el Dr. Alonso se echó a reír, sin que ella entendiese el por qué. Primero, se sintió ofendida, pero él aclaró con rapidez que no se burlaba de su petición. Era simplemente que... le hacía gracia la ironía. Y sí, podría llevar siempre aquella máscara.


Antes de incorporarse al servicio activo, Bámbola recibió un entrenamiento intensivo de seis meses. Debido a sus particularidades, ella era idónea sólo para el trabajo de campo: introducirse a hurtadillas en unas oficinas, servir de respaldo a los agentes principales... Ese tipo de cosas.


Nunca se quitaba la máscara. Y nadie sabía el por qué.


Bámbola nunca había tenido amigos. Era muy reacia a socializar de manera intrascendente. Sin embargo, se sentía cómoda entre sus compañeros de trabajo y también con sus jefes directos, Max, DK y Dante. Ella tenía que hacer lo que ellos le decían, al igual que sus compañeros. Y ellos recibían sus ordenes de Jaume, pero a ella no le interesaba Jaume. Le consideraba un pretencioso. No prestaba atención a lo que decía y tenía muy poco trato con él. Alguna vez había hecho alguna broma a su costa, y eso le había dolido. Pero nunca dijo nada.


Dante tampoco le caía bien. Era demasiado chulo. Dado que por la boca moría el pez, era extraño que aún siguiese vivo.


Max era amable. Alguna vez había intentado algún acercamiento respetuoso, pero ella no se lo había permitido. Le trataba con dulzura, y eso a veces le molestaba. Prefería el trato de DK, frío y distanciado. Trataba a Bámbola como uno más del grupo: lo único que tenía que hacer era cumplir con su papel, y eso era todo lo que deseaba, cumplir con lo que se esperaba de ella.


De los agentes de campo, sus compañeros más cercanos, no tenía ninguna queja. Hasta el comportamiento desenfadado del Gitano y de Abigail le agradaba. El primero bromeaba con ella sin recurrir a la burla o la humillación. La segunda, aunque no tenía muy claro si tenía que decir “el”, la había escogido como confidente. Abigail necesitaba alguien que escuchase sus inconstantes peroratas en las que dejaba caer pequeños retazos de información amarga sobre su pasado, y escuchar era una cosa que Bámbola hacía muy bien.


Con quien más afinidad sentía era con K. Muchas mañanas coincidían en el desayuno, y el Gitano había hecho más de una broma al encontrárselos uno frente al otro, en la mesa de la cocina, sin cruzar palabra. En una ocasión, dijo que si le decían de pronto que los dos eran telépatas, no se sorprendería. Ella pensó que tal vez fuese así. Era una tontería, pero sentía que conocía a K mucho más que otras personas con las que él, en algún momento, había establecido algún tipo de diálogo. No sabía por qué, pero desde luego la telepatía parecía una buena opción.


Aunque tenía su mismo estatus, K nunca iba a las misiones de campo. Pero algunas veces se necesitaba de su “magia” con las computadoras. Para eso estaba Junior, un chico de 16 o 17 años que era la antítesis de K en lo que se refería a comportamiento: no dejaba de hablar en ningún momento. Apenas era un adolescente jugando a ser hombre, y se le notaba en cada palabra que decía. Su chiste favorito era simular que conversaba con Bámbola mientras se dirigían hacia algún destino. Bámbola no se lo tomaba en cuenta: sentía pena por él. Sin saber por qué, tenía la sensación de que no duraría mucho, y eso la entristecía.


Por último, estaba Natalia, la recién llegada. La chica hacía esfuerzos por integrarse al grupo, un grupo cuya fuerza cohesiva era precisamente que no tenían nada en común, lo cual se lo ponía un poco difícil. Había intentado aproximarse a Bámbola, pero no fue más allá porque Junior la desanimó con un comentario sangrantemente sarcástico. Pero Bámbola sentía que Natalia necesitaba aproximarse a alguien, y estaba receptiva. Una noche, al pasar frente a su cuarto, la oyó llorar tras la puerta cerrada. Parecía una chica triste. Hasta cuando se reía, lo hacía con tristeza, como si se esforzara en tratar de olvidar algo que no podía sacar de su mente.


¿Podía ser eso, olvidar, lo que les tenía a todos allí? Cuando su superior absoluto, Jorge Ochoa, habló con ella por primera y última vez, le dijo con una franqueza abrumadora que todos sus compañeros eran, y serían, “desadaptados” de una u otra manera. Eso formaba parte del proyecto del IDASI. En cierta forma funcionaba, o eso pensó Bámbola después, reflexionando acerca de aquella conversación. Un grupo de desadaptados como agentes de campo seguramente se harían menos preguntas al enfrentarse a misiones cuyo razón desconocían y no debían conocer. No se irían de la lengua porque no habría con quien irse. La limitación de sus relaciones sociales a aquel caserón del que nunca salían a menos que fuese con un objetivo claro no sería un problema: todos se sentirían cómodos allí.


La incapacidad de adaptarse a una sociedad “normal” era clara en casi todos. En K, era obvio. Abigail, aunque hoy en día tuviese más posibilidades de “insertarse”, después de todo lo que le había contado resultaba también un claro ejemplo de lo que se buscaba en el IDASI. Sin embargo, no sabía nada del Gitano, que parecía completamente normal a primera vista. Algo tenía que haber en él que le hiciese desear que lo único que tuviese en común con los que le rodeasen fuera precisamente no tener nada en común, no compartir ninguna afinidad. Y también se preguntaba sobre Junior y Natalia, los más jóvenes. Dado que nadie llegaba allí por su propio pie, sino que eran encontrados, la razón por la que se encontraban en el IDASI debía estar bien justificada.


Bámbola era callada, no totalmente silenciosa como K. Sí podía articular palabras si en caso de ser estrictamente necesario para la misión. Algunos confundían eso con hosquedad, con rechazo. Pero lo que más deseaba era ser aceptada y ser querida, en más de un sentido. Porque no dejaba de ser una mujer.


Por lo tanto, la situación que vivía ahora era completamente lógica. Sólo con él hablaba. Y él nunca hubiese llevado la iniciativa, por lo que fue ella quien la llevo de la manera más directa posible: incapaz para la retórica del romance, se le presentó una noche completamente desnuda. El mensaje era claro y se interpretó correctamente. Los dos, necesitados de afecto y de algo más tangible, se habían entregado a una relación oculta a los ojos de todos, completamente insospechada, que desconocían hacia donde les llevaría. Pero eso no importaba.


Cuando esa tarde le informaron que por la noche saldrían a una misión, decidió que no se ducharía, como era su intención justo cuando la llamaron. Si moría entonces, lo haría con los restos del sudor de su hombre, como ella le decía, entremezclados con la sangre que se derramase.